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Patrimonio Cultural Inmaterial de la Sierra de Albarracín

El Carnaval en Jabaloyas

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Unos días antes de Cuaresma, se celebraban las fiestas de Carnaval en la mayoría de los pueblos de la Sierra de Albarracín hasta mediados del siglo XX. En artículos anteriores de este portal, hemos visto narraciones de estas festividades en distintos pueblos como Torres y El Vallecillo. Hoy vamos a reproducir un artículo de Frutos Aspas de su libro “Jabaloyas: Sus costumbres y sus fiestas” publicado por CECAL en el que se describen las fiestas de Carnaval de Jabaloyas.

El Carnaval en Jabaloyas

Durante los tres días que preceden al Miércoles de Ceniza, se celebraba esta fiesta popular, que consistía en mascaradas, bailes y otros regocijos bulliciosos amenizados por la tradición persecutoria por parte de la juventud masculina buscando el descuido de las féminas para enharinar o encenizar sus vestidos y cabellos.

El carnaval en las zonas rurales resulta una parodia arqueológica recreativa rebuscadora de identidades perdidas encontradas, que representaban la autenticidad vivida por los remotos antepasados,  vivencias del mundo rural del país profundo donde todavía se acuerdan las sombras de estas costumbres.

Este carnaval es muy distinto al que hoy se celebra en innumerables ciudades y pueblos que arrastran masas ingentes ante unos festivales y acontecimientos de carácter turístico.

Recuerda la gente mayor de Jabaloyas, que el lunes primer día de carnaval, a la salida del Sol, la gente joven como día de fiesta se apresuraba a preparar su indumentaria provistos de disimulados bolsillos llenos de harina o fina ceniza, para blanquear los cabellos de aquella mujer joven o vieja que por distracción fuera objetivo de la juventud masculina. Los niños mozalbetes, copiando de los mayores, imitaban sus hazañas espolvoreando ceniza o lanzando agua con unas jeringas de caña contra la chiquillería del sexo opuesto que ocasionalmente paseaba por la calle o se encontraban  en la puerta de sus casas.

Era tal el acoso ejercido por la juventud que obligaba a las mujeres a formar grupos para protegerse cuando por necesidad tenían que desplazarse con sus cántaros a la fuente, al lavadero público o al horno. Bien es verdad que no siempre los varones conseguían su victoria; algunas bravas mozas entablaban verdaderas batallas en su defensa, blanqueando o tiznando con manoplas de betún las caras de sus perseguidores, llegando en ocasiones al extremo de quitarles los pantalones.

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Casa de los Diezmos donde se celebraba el baile de Carnaval

Al día siguiente del martes de carnaval, a media mañana se celebraba el desfile de disfraces o mascarada como generalmente se conocía. Este desfile integrado tanto por hombres como por mujeres sin distinción de edades, todo dependía de la carga de humor que su nueva personalidad quisiera representar, cada cual se caracterizaba y se vestía de la forma más llamativa para producir con su comicidad la risa, o con su aspecto el terror y el miedo, mientras otros parodiaban los gestos o defectos de personas del lugar, ocultando su cara para evitar ser reconocidos durante el desfile carnavalesco que discurría por las calles y plazas del pueblo, acompañados siempre por el público curioso y bulliciosa chiquillería hasta su concentración en el salón del “Granero” antigua Casa de los Diezmos, donde se celebraba el baile de los enmascarados, produciéndose durante el mismo la revelación de sus personas, descubriéndose sus rostros, dejando atónitos y perplejos a los curiosos seguidores al reconocer los actores del personaje representado por su gracia, su comicidad o terrorífico aspecto.

Este baile de carnaval continuaba por la tarde con gran concurrencia del público con explosiva alegría, que terminaba después de cenar con el tradicional “Entierro de la Sardina”.

El entierro de la sardina

La cómica y esperpéntica representación del entierro de la sardina se celebraba sobre las diez de la noche como continuación del baile de máscaras, con gran entusiasmo y asistencia de público. En épocas pasadas esta representación del entierro era muy criticada y casi prohibida políticamente por algunos sectores de opinión al rozar la sensibilidad religiosa de cierta élite; no obstante, en años recientes se ha celebrado de forma simplificada y en fechas distintas a la antigua tradición.

Entierro de la sardina

En entierro de la sardina de Villar del Cobo

El desarrollo del entierro en la antigüedad, según versiones de las gentes mayores del lugar, consistía en imitar un entierro lo más parecido a la realidad, sin más cadáver que dos sardinas cruzadas en un ataúd en miniatura pintado de negro. A la hora prevista, en un improvisado escenario, se establecía la caja mortuoria iluminada con velas y acompañando el velatorio los supuestos familiares toscamente vestidos representando  a los padres, hermanos, abuelos y acompañantes del duelo, quienes con profundos lloros y lamentos ensalzaban las virtudes y el recuerdo del supuesto difunto, con frases y parodias cómicas que causaban la hilaridad de los asistentes al entierro.

La madre vestida de negro sentada junto al ataúd, presionando con sus rodillas una bota de vino, bebía gritando ¡Qué tragos para una madre!

Al tonto de la familia, para calmar sus lloriqueos, le administraban trozos de longaniza.

La abuela del finado, para solucionar sus continuos desmayos, un supuesto médico con curioso instrumental solucionaba el problema haciéndole beber determinado brebaje en un orinal.

Mientras se realizaba esta representación, otro grupo partiendo de la puerta de la iglesia, representando  y vistiendo de forma parecida a un sacerdote, monaguillos y sacristán, provistos de algo similar a un incensario, una gaveta y un hisopo, etc., y precedidos de una cruz con sardinas, se dirigían acompañados de público hasta la supuesta casa del difunto, donde el ficticio oficiante leía los responsos en un descomunal libro o misal en un curioso latín, sostenido por el sacristán, que contestaba tartamudeando en el mismo idioma haciendo aspersiones con el improvisado hisopo mojado con agua al público más cercano.

Llegado el momento de llevarse el ataúd, los supuestos familiares se abrazaban entre lamentos al iniciar la marcha en procesión por diferentes calles del lugar, repitiendo los responsos y la comicidad de los actores.

El que hacía de tonto intentaba tocar a las chicas más cercanas con las manos hollinadas, limitando su radio de acción una cuerda atada a su cintura que sujetaba uno de los acompañantes del duelo, terminando la curiosa representación del entierro a las afueras del pueblo, dando sepultura a las sardinas.

La fiesta continuaba con bailes populares hasta altas horas de la noche del martes de carnaval.

IMÁGENES

Como no disponemos de fotografías de estos eventos de Jabaloyas, reproducimos a continuación algunas de los carnavales de otras localidades de la Sierra. Si alguien de Jabaloyas (u otros pueblos serranos) nos enviase algunas fotos más a nuestro correo (  cecalbarracín@gmail.com) podríamos enriquecer este artículo.

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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