PCISA

Patrimonio Cultural Inmaterial de la Sierra de Albarracín

Una Sierra de Leyenda

La Sierra de Albarracín es un espacio ideal para que anide la leyenda, narraciones en las que se mezclan en proporciones diferentes historia y fantasía. De temática variopinta, en la Sierra podemos encontrar leyendas en torno a personajes famosos. Tal es el caso de Pedro Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, aquel que colocó su espada al pie de la Virgen e hizo la promesa de no reconocer sobre la tierra otro vasallaje que no fuera el de Santa María. Por lo que se hizo llamar, desde ese mismo momento, “Vasallo de Santa María y Señor de Albarracín”. Es el mismo personaje de quien el pueblo, llevado por la admiración que sentía hacia él, cuenta que ayudó al Campeador en la conquista de Valencia, historia apócrifa, sin duda, ya que este noble de Santa María de Albarracín vivió muchos años después de la conquista de Valencia por el Cid Campeador. Ambos personajes no fueron, ni mucho menos, coetáneos.

Don Pedro Ruiz de Azagra es, asimismo, protagonista de bellas historias de amor. Como la que compartió con doña Alba, esposa del rey Lobo, Muhammad ben Mardanis, uno de los personajes más influyentes de la política de su tiempo. Cuentan que, en cierta ocasión, el moro se encontraba descansando en la ciudad de Albarracín. Mientras sus capitanes preparaban una expedición a tierras levantinas. Llegó el día de la partida, algo que perturbó al caudillo, de quien se adueñó una amarga tristeza. La causa no era otra que tener que abandonar Albarracín, donde se encontraba su esposa, doña Alba, distinguida mujer a la que tanto amaba.

Entre sus vasallos contaba el rey Lobo con don Pedro Ruiz de Azagra, un caballero leal a quien el moro encomendó el gobierno de sus tierras de Albarracín, así como la guarda de su esposa, a la que el rey no quiso exponer a peligros y privaciones que le aguardaban, en la dura campaña que se avecinaba, tanto para él como para sus hombres. Transcurría el tiempo y se prolongaba la ausencia del esposo. Y eso hizo que el amor prendiera en el corazón de doña Alba, un amor hacia don Pedro, el caballero leal y honesto, vasallo de su esposo, que también se había enamorado perdidamente de la esposa de su señor. A toda costa, don Pedro intentó evitar la locura. Trató de quitar de su cabeza a doña Alba. Para lo que practicó la caza e inspeccionó las tierras del señorío. Pero todo en vano: el amor seguía creciendo en ambos corazones, amor secreto que nunca ensuciara la memoria del marido ausente. Ausente, hasta que un día regresó victorioso, pensando encontrarse con su esposa y llevarla consigo a las tierras levantinas que acababa de conquistar y de las que era rey.

Sin embargo, nada salió como Lobo esperaba. Doña Alba, ante la angustiosa perspectiva de tener que alejarse de don Pedro y no volver a verlo, murió de pena, eso sí, sin llegar a revelar el amor secreto que sentía por el caballero cristiano. Mucho tiempo le costará al rey moro reponerse de la pérdida de su esposa, a la que tanto amaba, pero una vez superada su tristeza, partió de nuevo a Levante, dejando a su fiel amigo don Pedro Ruiz de Azagra como señor perpetuo de Albarracín, para que gobernase el lugar en su nombre.

Pero no solo, en la Sierra, los nobles protagonizan leyendas. Lo hacen también otros personajes proverbiales, como el tío Gordo de Noguera. Aquel de quien cuentan que rondaba por entre los pinares de Bronchales; un individuo corpulento y de mala catadura; un sujeto despiadado que vivía del pillaje llevado a cabo sobre todos aquellos que osaban adentrarse en el bosque. Pero el tío Gordo no siempre había sido así. Antes de convertirse en una bestia, era un pacífico y afable labriego que vivía felizmente en Noguera con su esposa. Hasta que esta situación cambió de repente; sin que nadie llegase a conocer la causa. Posiblemente fuese una discusión, el caso es que de pronto el que había sido un modelo de virtudes hundió un cuchillo en el pecho de su mujer. Espantado por el crimen, huyó despavorido, buscando refugio en el bosque. Allí se convirtió en una alimaña sin sentimientos.

En los montes de Bronchales, además del Tío Gordo, habitaba un ermitaño, un ser bondadoso que alternaba el cuidado de un pequeño rebaño de cabras con la oración. Nadie sabe a ciencia cierta cómo coincidieron estos dos personajes de caracteres tan opuestos, cómo entraron en contacto. Lo cierto es que, en una ocasión, un vecino del pueblo descubrió a los dos departiendo, en conversación amigable y sosegada. Entre la frondosidad del bosque, un milagro acababa de operarse, puesto que, desde aquel mismo día, el Tío Gordo cambió de vida. Ya nunca más hizo mal a nadie, ni ocasionó desgracia alguna. Pero a pesar del cambio, el Tío Gordo siguió viviendo en medio de la soledad, oculto en la maleza, apartado de los hombres. Cuentan que, tras el encuentro con el ermitaño, se dedicó a construir una larga cadena de madera y una cruz. Una noche fría de invierno, sobre la nieve de la serranía, unos leñadores encontraron huellas de pisadas de hombre, huellas que descendían hasta la localidad cercana de Noguera. Las pisadas atravesaban el pueblo y se adentraban en el cementerio. A la mañana siguiente, los vecinos contemplaron cómo una gran cruz, unida a unos gruesos eslabones de madera, rodeaba la sepultura de la mujer del Tío Gordo. Sobre la cruz estaba grabada una palabra: ARREPENTIMIENTO. Desde entonces, nadie supo más de este extraño personaje. Solo una fuente, la del tío Mantecas, en Orihuela, recuerda en la sierra a este personaje proverbial.

Y si apasionados fueron los amores entre don Pedro Ruiz de Azagra y doña Alba, no lo fueron menos los que se profesaron un fraile y una monja. Los recuerdan, todavía hoy, dos esbeltas piedras ubicadas en el término de Bronchales, dos moles que parece que desean ascender al cielo, moles que poseen almas y hasta hay quien asegura que sueñan. Son conocidas con los nombres de El Fraile y La Monja. Su historia es como sigue. Cerca de Albarracín, una vez cristianizados todos sus límites tras la ocupación árabe, se levantó un convento. En él encerraron a la fuerza unos padres a su hija, sin tener en cuenta sus deseos. Al convento llegó, en cierta ocasión un fraile, predicador de oficios. Tanta gracia tenía, tan bien hablaba y tanto calor desprendía su palabra que la novicia se enamoró de él. El fraile también le correspondió, como no podía ser de otra manera siendo la joven como era tan apuesta. Y fue tal la pasión que prendió en sendos corazones que ambos decidieron fugarse, camino de tierras castellanas, adonde nadie los reconociese y donde pudiesen saciar sus ansias amorosas. Emprendieron, pues, la marcha, atravesando de noche las poblaciones de la contornada, evitando tropezarse con algún mortal que pudiera delatarles. Una terrible tormenta, sin embargo, los sorprendió poco antes de llegar a Bronchales. Venía acompañada de granizo. Para protegerse, los enamorados se refugiaron debajo de un copudo pino; y se abrazaron para calentarse.

Bajo el granizo y la ventisca, amparados en la base del pino el fraile y la monja se decían hermosas palabras y se susurraban galanteos. Así estaban, contentos y ensimismados, sin hacer caso a la ira mostrada por los cielos, cuando de pronto un rayo cayó sobre el árbol que les servía de refugio y los fulminó al instante, truncando para siempre sus esperanzas. Pero la pareja no murió del todo. Quedó en la memoria de las generaciones venideras que se negaron a aceptar que los dos enamorados hubieran desaparecido para siempre. Según estas, los amantes se habían convertido en dos esbeltas piedras, esculpidas por la artista más diestra y más sensible de este mundo: la misma naturaleza, artífice de la conversión en piedra, o lo que es lo mismo, símbolo del amor eterno. El pueblo también aportó su grano de arena a esta maravillosa historia. Para recordar a los enamorados inventó una canción. Su letra, que ha pasado de padres a hijos, como si de una valiosa herencia se tratara, dice así: “Un fraile y una monja/ venían de Noguera/ y al contemplar Bronchales/ se quedaron de piedra”.

Y es que el amor en la Sierra de Albarracín tiene una fuerza especial, tanta que hasta es la causa eficiente de verdaderas obras de ingeniería como ese acueducto construido para llevar las aguas del río Guadalaviar a los secos campos de Cella. Sucedió cuando esta población aún no contaba con su monumental fuente. Cuentan que los moros que habitaban aquellos pagos vivían en medio de la más absoluta pobreza. Aunque de cuando en cuando, quizás para mitigar las penas, en el alcázar del emir tenían lugar algunas fiestas de renombre. A ellas acudía el hijo menor del rey moro de Albarracín, Abén Racín, un apuesto mancebo que terminó por enamorarse perdidamente de Zaida, la bella hija del señor de Cella. Hasta que llegó un día en que el joven le declaró su amor y la decisión de pedir su mano a su padre. La muchacha, sin embargo, en vez de alegrarse porque también estaba enamorada del joven príncipe, quedó embargada de tristeza. No podía casarse con el muchacho; su padre, el emir, albergaba el deseo de casarla con un rico heredero que vivía en un lejano reino sarraceno. Ante el inconveniente, el hijo del rey de Albarracín no desesperó; al contrario, persistió en su empeño. Cuando regresó a su palacio, le contó lo que sucedía a su padre, Abú Meruán, un hombre que no estaba acostumbrado a recibir desaires de nadie y menos de personas, como era el emir de Cella, que estaban sometidas a su autoridad. Antes que nada, el rey quería a toda costa que su hijo fuese feliz. Por eso envió una embajada, con plenos poderes, hasta Cella con el fin de pedir la mano de Zaida para su hijo.

Cuando el emir tuvo delante a los emisarios de su señor, preguntó qué le pasaría si se negaba a acceder a los deseos del rey. Uno de los miembros de la embajada respondió sin dudar que su castillo sería arrasado y que a él lo llevarían atado con cadenas ante Abú Meruán. Por lo que el emir se quedó un momento pensativo, para terminar argumentando que había un problema: que su hija estaba prometida. Por su parte, el portavoz de la embajada no se rindió y, con tono apremiante, preguntó si no habría algún modo de anular el compromiso y crear uno nuevo con el joven Abén Racín. Una pregunta a la que el astuto emir, con la rapidez de un rayo, contestó que solo uno: que las aguas del río Guadalaviar regaran los secos campos de Cella y los convirtiesen en un fértil y hermoso vergel para sustento y deleite de sus súbditos. Dicho y hecho, espetó el emisario y pidió plazo. Cinco años, concretó el emir, no sin cierta ironía. Cuando Abú Meruán se enteró de la gravosa condición que el señor de Cella había impuesto para otorgar a Abén Racín la mano de su hija Zaida no se amilanó. Al día siguiente, miles de hombres comenzaron a perforar montañas y rocas que separan el río Guadalaviar de las llanuras de Cella.

Y pasaron los años. Faltaban pocos días para cumplirse el plazo cuando una acequia caudalosa comenzó a derramar sus aguas sobre los secos campos de Cella. Los habitantes del lugar, llenos de alegría, bendecían a Alá por haber permitido que surgiese el amor en el pecho del joven Abén Racín y que hubiese hecho posible la unión de éste con la bella Zaida. Todavía hoy, al cabo de los años, podemos contemplar una roca que muestra múltiples aberturas. Se halla junto a las ruinas del castillo de santa Croche, en el camino que desde Gea conduce a Albarracín. Dicha roca se conoce con el nombre de la Piedra Horadada.

Pero el amor y su magia no solo tienen lugar en la serranía entre gentes de la misma religión. A veces una musulmana puede llegar a enamorarse de un cristiano, como le sucedió a la hija de un rey moro de Albarracín, cautivada por los encantos del Cid Campeador, un guerrero que frecuentaba las tierras aragonesas desde donde preparaba la conquista de Valencia. Cuando la muchacha supo que el héroe castellano atravesaba estas tierras, se dirigió a su encuentro, esperándole al lado de la Fuente de la Sielva. Pensaba comunicarle su amor, un amor puro adquirido de oídas, de tanto escuchar la valentía y gallardía del señor de Vivar, a quien la princesa nunca había visto. Pero sucedió que, enterado el rey moro de las intenciones de su hija y alarmado ante la idea de que, enloquecida por el amor que profesaba al Cid, cayese prisionera a manos de las tropas cristianas, pidió a un mago que habitaba en su palacio que convirtiera a la princesa en estrella. El hechicero accedió. No llevó, sin embargo, el encargo regio de una forma perfecta, ya que, mientras pronunciaba la fórmula mágica, se alarmó del irreversible castigo que le imponía el padre a la hija y tuvo en cuenta un futuro arrepentimiento por parte del monarca. De ahí que introdujera una pequeña variación en el encantamiento. Eso hizo posible que todas las noches, desde el cielo, una vez convertida en estrella, la muchacha se asome cada día a lo que fueron los dominios de su padre y que, cada cien años, adopte la forma humana. Cuando esto último ocurre, la princesa aparece sentada, al lado de la Fuente de la Sielva, esperando a su amado, mientras, pausadamente, peina sus cabellos, valiéndose de un peine de oro y de piedras preciosas, esperando que alguien rompa el hechizo que la embarga.

Se cuenta que una vez en la que la estrella tomó forma humana, un joven labrador se topó con la doncella mientras esta peinaba su cabello. La princesa se dirigió a él y le preguntó si la prefería a ella o al peine de oro con el que estaba acariciando su pelo. Si el muchacho hubiese respondido que la prefería a ella, se hubiese roto el hechizo. Sin embargo, el mancebo, cegado por la codicia, contestó que deseaba el peine. La muchacha, indignada, quiso castigar al joven avaro arrojándole con furia el peine, un peine que se convirtió en astilla de pino. Y la princesa, convertida en estrella, continúa brillando cada noche sobre la serranía de Albarracín.

Unida a otra leyenda de amor, en Calomarde, existe una cueva, conocida como la cueva del moro. Cuentan que un joven, con tan sólo unos meses de vida, en brazos de sus padres, llegó desde las lejanas tierras hasta Peñascales, que es como se llamó siempre hasta época reciente la población de Calomarde. Allí creció, jugando con los niños islamitas y cristianos. Pasada su adolescencia, se convirtió en el mancebo más apuesto del lugar. No había mujer de su edad que no suspirase por él. Sin embargo, sólo tenía ojos para una cristiana. En principio, nadie veía mal que los dos jóvenes, a pesar de su distinto credo religioso, hablasen y pasasen largas horas juntos. Ambos huían, sin embargo, de las miradas ajenas y buscaban la soledad. Un día en el que los dos se habían adentrado en el bosque, el joven propuso a la muchacha unir sus vidas para siempre. Tremenda osadía, ya que, en Peñascales, los vecinos toleraban verlos juntos, que hablasen, que jugasen y riesen, pero eso de casarse, siendo ella cristiana y él mahometano era impensable. Por eso, cuando se enteraron los padres de la muchacha de sus pretensiones, determinaron enviar a su hija con unos parientes a una aldea cerca de Calatayud, con el fin de que olvidase a su amante. Por su parte, los padres del muchacho, que también se oponían a la unión, como vieron que resultaba imposible erradicar la idea de la mente de su hijo, decidieron encerrarlo en una cueva, situada en una partida de la que eran propietarios.

Pero un día antes al de la partida, la joven se dirigió a la cueva en la que estaba encerrado el hombre que amaba y lo liberó. Tras abrazarse, huyeron, camino de Levante, una tierra donde el sol brilla con fuerza y a la que besa cada día al mar.

Y si existe una cueva del moro en Calomarde, junto a la Fuente de los Mozos, cerca de los manantiales del río Guadalaviar, en la población del mismo nombre, Guadalaviar, podemos encontrar la Cueva de la Mora. Cuentan que se su interior, todos los años, cuando amanece el día se san Juan, sale una hermosa doncella y se dirige hacia la fuente, sentándose en ella. Con un peine de oro, cuyos destellos compiten con los rayos del sol, se peina su oscura cabellera. La frágil textura de las aguas cristalinas le sirven de espejo en el que contempla la juventud de su rostro y toda su belleza. Una vez que ha terminado su cuidadoso tocado y ha respirado el aire plácido de la mañana, la ninfa se introduce en la gruta y desaparece hasta el año siguiente en que vuelve a aparecer al rayar el alba, la mañana de san Juan.

Nadie conoce el origen de la doncella, ni tampoco lo que espera. Aunque hay quien asegura que se trata de una hermosa mora que llegó encima de la grupa de un caballo montado por un jinete de la misma raza que la mujer. Ambos se dirigían hacia Albarracín, para ayudar a su pueblo que se defendía del asedio al que lo estaban sometiendo los cristianos. El guerrero le dijo a la muchacha que lo esperara allí, refugiada en la cueva, al lado de la fuente, prometiéndole que, terminada la campaña, volvería a recogerla. Pero el jinete no regresó; seguramente, porque debió morir en la contienda. Y la hermosa joven sigue, desde entonces hasta ahora, en el mismo lugar, esperando a su apuesto caballero.

Todavía hoy, tras muchos siglos desde que ocurriera lo que acabamos de contar, siguen acudiendo los recién casados de Guadalaviar a la Cueva de la Mora, al lado de la Fuente de los Mozos, a celebrar un segundo banquete nupcial.

Además de la de los Mozos, otras fuentes son famosas en la sierra. Una de ellas se encuentra situada en Frías de Albarracín. Es la Fuente de la Mentirosa o Burlona, ya mencionada en sus versos por el poeta Marcial, una fuente intermitente, porque arroja a intervalos su caudal. Su origen también es legendario. Se cuenta que había una princesa en la corte árabe de Albarracín. Siempre estaba encerrada en su alcázar; por eso, desde sus aposentos, no había día en el que no soñase con vagar libremente por las montañas y los bosques, con acariciar las aguas cristalinas de las fuentes y de los arroyos, con escuchar el canto de los pájaros y con exhalar el aroma de las flores. Todo era, sin embargo, en vano, ya que su encierro lo había preparado su padre, el rey. Lo había hecho con el fin de entregarla a un enlace matrimonial ventajoso para los intereses políticos que más le convenían.

Harta de tanto cautiverio, una noche de verano en la que el rey se encontraba fuera del castillo, la joven encontró la oportunidad que hacía tanto tiempo esperaba. Presurosa, escapó y se adentró en el oscuro misterio de los bosques para disfrutar de la libertad con la que siempre había soñado. Caminó sin parar, hasta que llegó a los montes de Frías. Allí encontró las ruinas de un castillo donde se escondió con el fin de tenderse y descansar. Tuvo suerte, porque, a sus pies, brotaba un pequeño hilo de agua, con el que sació su sed. El cobijo le pareció ideal para vivir, lejos de su palacio, ese lugar que había sido una cárcel que tanto la asfixiaba.

Entretanto, enterado el padre de la desaparición de su hija, emprendió su búsqueda desesperadamente. Sin resultados. Por lo que consultó a magos y adivinos, pero nadie fue capaz de darle noticias. Parecía que se la había tragado la tierra. Hasta que apareció una hechicera, llegada de algún lugar remoto del sur de Al Andalus, que confirmó al rey que su hija vivía, que nadie la había raptado y que era ella la que libremente se había marchado del palacio. También le dijo al rey que no podría encontrarla, pero sí castigarla a distancia. El padre montó en cólera y decidió proyectarla en su hija, una ingrata que tanto le había hecho sufrir con su partida. Para ello encargó a la maga que ni la enfermedad ni la muerte la alcanzasen, pero que sufriese eternamente como sufren los animales del bosque a los que trataba de imitar, viviendo en completa libertad. Además, el rey moro pidió a la hechicera que, cuando su hija se acertase a saciar su sed en la fuente que manaba en el lugar que había escogido como morada, las aguas se retirasen de sus labios para que no pudiese saciaría. Y la princesa convertida en hada, con una sed insaciable y eterna, todavía hoy, al cabo de los siglos, sigue vagando por los bosques de Frías, pagando su pecado, mientras se oculta ante la mirada de cualquier curioso que haya podido extraviarse en aquellos parajes encantados.

A veces el amor va unido en la Sierra con el honor. Como ocurre, por ejemplo, en esta historia que tiene como escenario la ciudad de Albarracín y más concretamente una casa linajuda, conocida como la casa de la Brigadiera, hoy convertida en establecimiento hotelero. En el siglo XIX, uno de sus dueños fue don José María Asensio de Ocón, quien siendo joven partió hacia Castilla para incorporarse a los ejércitos reales. La guerra contra los franceses le brindaría suficientes ocasiones para dar muestras de su valor. Por todo lo cual el rey Fernando VII lo nombró brigadier. Don José María contrajo matrimonio con una dama perteneciente a la nobleza turolense: doña Joaquina Dolz del Castellar, conocida como La Brigadiera, una mujer que, debido al oficio de su esposo, se vio obligada a vivir en varios momentos en la majestuosa mansión a la que nos hemos referido sola, acompañada tan por la servidumbre, ya que no tuvo hijos.

Cuando los franceses dominaron la ciudad, a doña Joaquina no le quedó otro remedio que alojar en su casa a varios oficiales del ejército invasor. Una noche, en la casa de La Brigadiera, se oyeron gritos y voces que provenían de pechos airados. Tenues luces permitían contemplar siluetas de personas, tras las ventanas de la vetusta mansión, que parecían forcejear entre sí. Unos segundos después, saltaban los cristales de un balcón y un hombre se precipitaba cayendo hacia el abismo. Era un oficial francés que había intentado manchar el honor de la honesta Brigadiera.

Tal vez ocurrió esto en una noche estival de plenilunio, en la que algún hada desciende desde lo alto de la ciudad hasta el río Guadalaviar para bañarse en sus aguas. Lo hace en forma de sombra, como la de doña Blanca, nombre emparentado con el de un torreón situado al lado de la iglesia de Santa María. Pero ¿quién era esta mujer? Pues nada menos que una infanta aragonesa. Camino de Castilla, huyendo del odio de su cuñada, Blanca llegó a Albarracín, ciudad que le dispensó espléndida acogida. El mismo señor de aquellas tierras se convirtió en su anfitrión, alojándola en la torre que había de llevar su nombre. Pero pasaron los días. Todo el mundo esperaba de nuevo ver a la bella infanta recorriendo las angostas callejuelas de la ciudad, pero la joven no apareció. La comitiva, que la acompañaba, cansada de tanto esperar, regresó a la corte aragonesa. Nada se supo de Blanca. El pueblo pensó que la infanta había muerto de tristeza por haber tenido que abandonar la tierra que la vio nacer. Todos pensaron que había sido sepultada en el torreón.

Muchos aseguran, sin embargo, que desde los antiguos tiempos de la edad oscura hasta los nuestros, a eso de la media noche, en los días de plenilunio estival, una sombra clara desciende desde la torre en la que se hospedó doña Blanca hasta el río Guadalaviar y se baña. Al cabo de un rato, la sombra se desvanece hasta la llegada de un nuevo plenilunio. Dicen que es la sombra de doña Blanca, la princesa que murió de pena y de tristeza.

También cuentan que su personalidad fue usurpada por una hermosa judía que se negó, también en Albarracín, a cumplir el decreto que obligaba a su pueblo a abandonar España o, como los judíos la llamaban, Sefarad. Desde la Torre de doña Blanca descendía la gallarda judía; y lo hacía igualmente en las noches de plenilunio estival, con el mismo fin que la infanta aragonesa: bañarse en las aguas cristalinas del río blanco. Un pastor, que la vio, se lo contó a su señor, el alcaide del castillo de santa Croche. Y fue el atrevido Heredia, que así se llamaba el responsable de la fortaleza, quien encontró a la mujer, que se presentó al caballero como la sombra de doña Blanca. Detenida, sin embargo, no le quedó otro remedio que contar su triste historia y los motivos que le habían llevado a ejercer el papel de impostora. Conducida al castillo de santa Croche, tras convertirse al cristianismo, el joven Heredia la desposó.

Pero no solo de amores alimenta la Sierra de Albarracín su imaginación. El imaginario colectivo esta poblado de cruces milagrosas, como la que existió en el campo de san Juan, en la ciudad de Albarracín. Fue colocada cuando se decretó la expulsión de los judíos. Esta pieza religiosa siempre gozó de especial veneración y nadie se atrevió a quitarla del lugar. Las gentes, al pasar delante de ella, se santiguaban o le hacían alguna reverencia. Nada tenían que ver, sin embargo, estos rituales con la conmemoración de la expulsión de los judíos, sino con el día del entierro de fray Juan Bautista de Lanuza, quien fuera obispo de la ciudad, que había fallecido el 15 de diciembre de 1624. El prelado gozaba de una enorme fama entre el pueblo por haber sido bienhechor de los pobres, consuelo de los que sufren y consejero y amigo de grandes y menudos. Terminadas las honras fúnebres en la catedral, el cuerpo del obispo fue llevado a sepultar a la iglesia de Santa María. Doblaban con tristeza todas las campanas de la ciudad y se escuchaban gemidos en las interminables filas de hombres con cirios encendidos que precedían al cabildo catedralicio. El féretro iba también acompañado por algunos notables del reino de Aragón. Cuando la comitiva llegó hasta la cruz de madera que se levantaba, sobre un pequeño pedestal de piedra, al borde del camino, tras rezar todos sus miembros ante ella, la sagrada pieza, en agradecimiento, a la vista de todas las gentes que quedaron admiradas por el prodigio que tuvieron ocasión de contemplar, se inclinó ante el féretro del obispo, volviendo a erguirse al cabo de un rato y recuperando su forma primitiva.

Y el imaginario colectivo de la sierra también está poblado de tesoros, como esa iglesia de oro que existe en algún lugar del término de Bezas y que, según cuentan, descubrió una pastora mientras buscaba una de las ovejas de su ganado que se le había extraviado. Las huellas del animal la condujeron hasta una roca inmensa en la cual alguien había excavado una gruta. La muchacha, no sin cierto temor, penetró en la oquedad a través de una angosta galería y recorrió varias leguas sin adivinar lo que le esperaba al final de su aventura subterránea. De repente, un resplandor surgió incomprensiblemente en medio de las entrañas de la tierra, un resplandor que anunciaba algo extraordinario. Ante su vista apareció un enorme templo, construido a base de oro macizo. Estaba sostenido por dos filas de gigantescas columnas y lo presidía un altar cubierto por artísticas filigranas y muchos santos esculpidos también en oro. En el interior del recinto brotaba un manantial de agua fresca y cristalina. Al contemplarla, la muchacha tuvo sed. Se dirigió hasta el altar y tomó un cáliz de entre los que allí había. Llenó el recipiente y bebió. Pero, al momento, sin explicación alguna, quedó sumida en un profundo sueño. Nunca supo el tiempo en que permaneció en ese estado. Lo cierto es que, al despertar, se encontró en uno de los muchos desfiladeros que abundan por aquellos parajes de la contornada; rodeada de su ganado, del que formaba también parte la oveja perdida.

Cuando la pastora regresó al pueblo, contó a sus convecinos lo que le había sucedido y todos, cegados por la codicia, se dirigieron a buscar la iglesia de los santos de oro. Nadie, sin embargo, pudo encontrarla, ni entonces ni la han encontrado nunca. Bien es verdad que por aquellas tierras, cuando los días empiezan a acortar, entrado ya el otoño, unos resplandores con tonos dorados surgen de las entrañas de la tierra, seguramente de la misma gruta excavada en una roca, en la que la pastora, no se sabe muy bien cuándo, tuvo la suerte de encontrarse con una iglesia con santos de oro.

Valioso tesoro es, asimismo, el toro de oro de Griegos. Cuentan que, en la Muela de san Juan, límite entre la sierra de Albarracín y la provincia de Cuenca, en tiempos paganos y antiguos, existió una gran ciudad rodeada por murallas. En su interior destacaban bellos jardines y se levantaban monumentales palacios. Los habitantes de la ciudad vivían tranquilos, igual que había vivido sus antepasados a lo largo de muchos siglos. Un día, sin embargo, los musulmanes invadieron Hispania y llegaron hasta esta paradisíaca ciudad a la que arrasaron y saquearon. Cada soldado árabe tomó para sí lo que quiso de la ciudad conquistada. Uno de los asaltantes, un corpulento guerrero tuvo la fortuna de encontrar, entre las ruinas, un hermoso toro de oro. Se trataba de una pieza valiosa que el moro arrojó desde un muro de la ciudad hasta la espesura de los pinares que rodeaban a esta, con el fin de sustraerlo del reparto del botín. Cuando llegó la noche, lo buscó y lo encontró. Y decidió enterrarlo en una fosa profunda, ya que debía continuar con su ejército tomando otros castillos y otras plazas cristianas. Al terminar las campañas militares, el soldado volvería a recoger la preciada joya. La suerte, sin embargo, no acompañó al sarraceno, ya que, en una cruel batalla, una flecha lo hirió de muerte. Viendo que su vida peligraba, decidió revelar su secreto a su mejor amigo. Este debía buscar el toro de oro, venderlo y, tras quedarse con su parte, compartir el fruto de su venta con la familia del moribundo.

En una tregua, en medio de la guerra, el confidente se dirigió hacia la ciudad destruida, en la Muela de san Juan, y buscó el toro de oro en el espeso pinar, en el lugar en el que su amigo le había indicado. Pero no encontró nada. Y siguió buscando un día y otro, hasta que, desesperado por tanto esfuerzo baldío, partió de nuevo a la guerra. Muchos han sido, desde entonces, los que han buscado el toro, pero nadie ha tenido la suerte de encontrarlo. Hay quien asegura que el tesoro sólo aparecerá cuando la antigua ciudad de la Muela sea reconstruida y brillen de nuevo los palacios y jardines que, en un tiempo lejano, la dotaron de paz y esplendor.

Por la sierra, en tiempos remotos, también pasearon animales fabulosos como el dragón de Bronchales, ese que, según cuentan, habitaba en una cueva, situada al lado de la Fuente del Hierro. La gruta, como correspondía a su inquilino, era de grandes proporciones y, además de la principal, tenía otra entrada, ubicada en el término del vecino pueblo de Orihuela del Tremedal. A pesar del aspecto terrible de la bestia y del pánico que producía en el común de los mortales, el dragón no atacaba, ni hacía daño a nadie. Su única agresión tenía lugar con la mirada, pues con ella encantaba. El poder lo ejercía sobre todo con los pastores, mientras estos cuidaban sus rebaños de ovejas en los alrededores de la cueva en la que el monstruo habitaba. Cuando la bestia fijaba sus ojos sobre ellos, estos quedaban como muertos. Del letargo despertaban al cabo de algunas horas y, al abrir los ojos, contemplaban con una mezcla de estupor y rabia cómo el espantoso animal les había robado la merienda. Tampoco las mujeres se libraban de su fascinadora mirada. Sobre todo aquéllas que tenían niños pequeños a los que amamantaban. Una vez que las adormecía, usando de sus habilidades encantadoras, el animal se aplicaba a sorber la leche que estas mujeres albergaban en sus pechos para alimentar a sus hijos. La tropelía cometida por la bestia hacía que los pequeños quedaran sin alimentos; lo que generaba un intenso y desgarrador llanto por su parte.

La situación era insostenible y había que terminar con la bestia. Para ello se reunieron los habitantes de Bronchales y de sus alrededores, acumularon leña del bosque en las dos entradas de la gruta y le prendieron fuego. Esto hizo que el dragón montase en cólera; enfurecido, quiso salir. De nada le sirvieron, sin embargo, sus esfuerzos. El animal murió asfixiado. O eso es, al menos, lo que creen las gentes del lugar, porque lo cierto es que ningún resto de su cuerpo apareció. Cabe la posibilidad de que encontrase algún pasadizo secreto que lo condujese a tierras castellanas, tan cercanas a Bronchales.

Además de animales fabulosos, también otros seres extraordinarios como el diablo tienen su morada en las serranías turolenses. Todavía hoy es posible encontrar sus huellas, como ocurre en Frías de Albarracín. Cuentan que por aquella tierra vivía un pastor de cabras. Cada mañana reunía su ganado y se alejaba del pueblo, buscando el bosque. Subía cumbres, descendía precipicios, buscando siempre el alimento de arbustos tiernos para sus animales. Conocía cada rincón y vericueto por escondidos que estuviesen. Sólo un pequeño espacio le resultaba desconocido. Se encontraba en el interior del bosque. Era un lugar misterioso que producía cierto temor. Y todo porque aseguraban los habitantes de aquellas sierras que ese trozo de bosque, poblado de pinos corpulentos y gigantescos, con rocas escarpadas, pertenecía al diablo. De hecho era conocido como “El bosque del diablo”. Nadie hasta entonces se había atrevido a penetrar en aquel recinto. Los pastores, cuando llegaban a sus proximidades, silbaban a sus ovejas y a sus cabras para que no comiesen hierbas y arbustos de aquellos dominios del diablo.

Un día, sin embargo, el pastor llegó al lugar. Desde la cima de un peñasco contempló el misterioso paraje, pero en él no avistó ningún diablo ni cosa que se le pareciese. Pensó que, tal vez, todo lo que contaban sus paisanos era pura fantasía, propia de gente supersticiosa y cobarde. Y, sin pensarlo dos veces, bajó con su rebaño de cabras y penetró en el temido lugar. Mientras comían sus animales, el pastor se entretenía en golpear con su cayado los pinos. Sus golpes resonaban por entre las montañas con sonidos extraños; a continuación, el joven tocó la flauta. Al cabo del rato, sin embargo, las cabras y las ovejas dejaron de repente de comer y como si se hubiesen vuelto locas por el pánico, emprendieron una acalorada huida, sin orden ni concierto, ya que lo hacían en todas direcciones. El pastor no entendía lo que pasaba, hasta que se dio cuenta de que de la parte más oscura del bosque salían unos extraños resplandores y un fuerte olor a azufre que acompañaban a la figura repugnante del diablo, figura que se adivinaba presa de la ira. El joven, al contemplar tan turbador espectáculo, imitando a sus animales, también emprendió la huida, escalando rocas escarpadas y descendiendo barrancos intransitables. Corría como un rayo, pero a la misma velocidad, detrás de él, corría el diablo, que no cesaba de perseguirle. El Maligno lanzaba unos rugidos que se escuchaban por todos los valles y montañas de la contornada. Por fin, tras muchos esfuerzos, el pastor consiguió llegar al río, cruzándolo desesperadamente. Logrado el propósito, volvió la cabeza y se percató, con gran regocijo, de que el diablo había dejado de seguirlo.

Totalmente lívido, con la cara desencajada por el miedo, el muchacho llegó al pueblo y contó a todos los vecinos lo que le había sucedido. Sin embargo, nadie quería creerlo, porque pensaban que el cabrero se había vuelto loco. Pero, al día siguiente, las gentes de Frías pudieron contemplar cómo, sobre las rocas que se encuentran en las orillas del río, había marcadas unas huellas extrañas, que no pertenecían a persona ni animal conocido por aquellos parajes. Eran las huellas que, en su persecución, había dejado el diablo.

El diablo también aparece en Tramacastilla, un enclave al borde de un hermoso valle, regado por los ríos Guadalaviar y Garganta. El nombre de pueblo parece tener el origen en la existencia de dos castillos que defendían los accesos al valle citado y que se asentaban sobre dos enormes peñascos: la Peña del Castillo y El Cabezo. Cuando llega la noche, la Peña del Castillo parece la sombra de un gigante que custodia al pueblo y su entorno. Un camino discurre por entre esos huertos. Se llama la Calleja. Parte desde el pueblo y llega hasta la vega de Argalia. Una vez que atravesamos el río Garganta, a la izquierda, a la vera del camino, podemos encontrar un pequeño huerto, conocido como El Huerto de las Almas. Su nombre responde al hecho de que sus dueños, hace muchos siglos, lo gravaron con un censo en sufragio de sus difuntos.

Pasó de padres a hijos. Todos respetaron la carga que pesaba sobre él. Hasta que la finca cayó en manos de un miembro de la estirpe, caracterizado por su avaricia, lo que le llevó a dejar de satisfacer durante años la sagrada carga. Cuentan que una noche del mes de septiembre se encontraba el pusilánime personaje dentro del huerto, guardaba los abundantes frutos con los que los árboles allí existentes habían regalado aquel año, temeroso el codicioso de que alguien los hurtase. Bajo un enorme nogal se disponía nuestro hombre a pasar la noche, contemplando la Peña del Castillo, ese gigante misterioso. Todo era oscuridad y silencio aquella noche. Hasta que, de pronto, inmensas llamaradas comenzaron a surgir de lo alto de la Peña del Castillo, luces siniestras que iluminaban todo el valle y se reflejaban misteriosamente en los ríos. De entre las llamas apareció una extraña figura montada a caballo; una brasa gigantesca que resplandecía en medio de la noche.

Como un relámpago, jinete y caballo se precipitaron de un salto desde la cumbre del peñasco y en rauda carrera, tras atravesar el pueblo, se dirigieron a Argalia, a través de la Calleja, pasando al lado del Huerto de las Almas. La terrible visión fue contemplada por el hombre avaro y mezquino, que sintió pánico al pensar que la diabólica figura se dirigía a él para atraparlo y llevarlo consigo. Pero el caballo continuó la marcha hasta perderse entre el espesor de los pinares que rodeaban el valle.

Al amanecer, el mezquino personaje que se había negado a satisfacer la deuda sagrada que sus antepasados habían contraído, contó a los habitantes de Tramacastilla lo que había visto. Todos lo creyeron, sobre todo cuando observaron, sobrecogidos, cómo en los bordes del camino la hierba aparecía quemada, con la marca de huellas producidas por unas herraduras de fuego. El avaro interpretó la macabra visión de la noche anterior como un aviso del cielo. A partir de entonces, pagó religiosamente la carga que pesaba sobre su huerto, el Huerto de las Almas.

Con el diablo se relacionan las brujas que acuden a los aquelarres del Javalón, ese pico de Jabaloyas de casi mil setecientos metros. Aseguran los lugareños que la montaña está toda hueca y que, en su interior, se oculta una ciudad. Sirve de punto de encuentro de todas las brujas de la Sierra de Albarracín. De cuando en cuando, llegan hasta su cima, otras amigas del demonio, en este caso, provenientes de los más remotos rincones del planeta. En otro tiempo, estas reuniones, llamadas sabáticas por celebrarse la noche de los sábados, tenían lugar al aire libre. Esa es la razón de que conozcamos lo que le sucedió a un joven pastor que guardaba su ganado en la falda del monte. Cuentan que, en cierta ocasión, el joven pastor presenció un aquelarre. Contempló a las brujas completamente desnudas, bailando en torno a un macho cabrío. El muchacho había escuchado a algún viejo de su aldea que de estas amigas del demonio podía obtenerle cualquier cosa. Sólo era cuestión de poner sobre sus ropas una cruz hecha con dos ramitas de ruda. Llevado a cabo el elemental ritual, la bruja quedaba obligada a conceder todo lo que se le pidiera. Y eso es lo que hizo el muchacho mientras las brujas enloquecidas bailaban sin parar alrededor del diablo, transformado en macho cabrío. Colocó dos ramitas de ruda sobre las ropas de una de aquellas mujeres, una bruja que se movía con una fuerza más poderosa que la de un huracán. Al terminar el aquelarre, la bruja se dirigió al joven pastor y le preguntó qué es lo que quería. Este le contestó que un diablo metido en una redoma. Durante algún tiempo conservó el pastor en su poder la extraña reliquia, hasta que un día el diablo expresó el deseo de abandonar su cautiverio. Pactó con su dueño que, a cambio de su libertad, le daría un valioso tesoro. Inmensamente rico, el pastor se casó con una hermosa joven de la que estaba enamorado, pero a la que nunca se había atrevido a declararse por pertenecer ésta a una familia de noble estirpe y muy rica.

Pero no solo amores, tesoros, diablos y brujas, también, en la sierra, algunos alimentos tienen aroma de leyenda. Tal es el caso de las humildes sopas de ajo. Un alimento vinculado al monarca Jaime I el Conquistador, un rey muy aficionado al ejercicio de la caza. De él se cuenta que, en cierta ocasión, se encontraba cerca de Teruel, en el término de Gea de Albarracín, practicando su referida afición. Tuvo la mala suerte de caer enfermo. Había contraído una rara enfermedad, para la que los médicos no encontraban remedio. Tampoco los juglares, con sus historias y sus juegos, eran capaces de hacer sonreír su corazón. La situación era desesperada, ya que nadie lograba dar con la solución del problema. Hasta que uno de los súbditos del monarca, en un momento de inspiración, recordó un remedio que le había ido muy bien a un familiar suyo y que, aplicado al rey Jaime, podría también producir resultados satisfactorios. Ninguna objeción se puso. Por probar poco se perdía. El remedio consistía en preparar un bálsamo que con toda seguridad aliviaría al monarca: una mezcla obtenida hirviendo en agua unas cabezas de ajos y todo ello mezclado con pan. A primera vista, la cosa parecía fácil; pero no lo era, puesto que las tierras cristianas carecían de ajos. Los había, sin embargo, en tierras de moros, en el Levante.

Nada amilanaba a los soldados turolenses, siempre intentando complacer a su rey al que tanto adoraban. Por eso se ofrecieron seis jóvenes para adentrarse en tierras de moros y conseguir los codiciados ajos. Muchas dificultades debieron de sortear los valientes guerreros para obtener el botín que pretendían. Al final lo consiguieron, pero de los seis caballeros, sólo uno regresó trayendo consigo unas cuantas cabezas. El resto murieron luchando contra los musulmanes que encontraron en su camino. El rey tomó las sopas y sanó. Pero, una vez repuesto de su enfermedad, cuando tuvo noticia del precio pagado por los ajos exclamó: “¡Caros ajos!”.

Tan trágica experiencia sirvió para que Jaime I tomase la decisión de extender el cultivo de ajos os por todos los rincones de su reino. Hoy, transcurridos varios siglos desde aquello, las sopas de ajo, con unas cuantas variaciones, son unos de los manjares más humildes, pero más exquisitos de la gastronomía turolense y aragonesa.

Autor: Francisco Lázaro Polo

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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